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EL PARTO DE GAIA (El Canto a la Madre)

Este poema, un poco extenso, explica la creación de Gaia y de todos sus habitantes (hijos), forma parte de un libro:  LOS HIJOS DE LA TIERRA, de una saga de novelas de Jean M. Auel, y lhe encontrado tan hermosa esta versión que no he resistido compartirla, espero gusteis de Ella.




En el caos del tiempo, en la oscuridad tenebrosa,
el torbellino dio a luz a la Madre gloriosa.
Despertó ya consciente del gran valor de la vida,
el oscuro vacío era para la Gran Madre una herida.
La Madre sola se sentía. A nadie tenía.

Al otro creó del polvo que al nacer traía consigo,
un hermano, compañero, pálido y resplandeciente amigo.
Juntos crecieron, aprendieron qué era amor y consideración,
y cuando Ella estuvo a punto, decidieron confirmar su unión.
Él la rondó expectante. Su pálido y luminoso amante.

El oscuro vacío y la tierra yerma y vasta
aguardaron el nacimiento con ánimo entusiasta.
La vida desgarró su piel, bebió la sangre de sus venas,
respiró por sus huesos y redujo sus rocas a blancas arenas.
La Madre alumbraba. Otro alentaba.

Al romper aguas, estas llenaron mares y ríos,
anegándolo todo, creando así árboles y plantíos.
De cada preciosa gota, hojas y tallos brotaron,
verdes y exuberantes plantas la Tierra renovaron.
Sus aguas fluían. Nueva vegetación crecía.

En violento parto, vomitando fuego a borbotones,
dio a luz una nueva vida entre dolorosas contracciones.
Su sangre seca se tornó en limo ocre, y llegó el radiante hijo.
El supremo esfuerzo valió la pena, ya todo era gran regocijo.
El niño resplandecía. La Madre no cabía en sí de alegría.

Se alzaron montañas, de cuyas crestas brotaban llamas, 
y Ella a su hijo alimentaba con sus colosales mamas.
Chispas saltaban al chupar el niño, tal era su anhelo,
y la tibia leche de la Madre trazó un camino en el cielo.
Una vida se iniciaba. A su hijo amamantaba.

El niño reía y jugaba, y así se desarrollaban su cuerpo y su mente.
Para gozo de la Madre, las tinieblas disipaban con su luz refulgente.
Su mente y su fuerza crecían, recibiendo de Ella cariño,
pero pronto aquel hijo maduró, pronto dejó de ser niño.
Atrás quedaba la edad de la inocencia. Quería independencia.

Dándolo todo, su magnífico amigo luchó con bravura,
el combate era enconado, la contienda penosa y dura.
Al cerrar su gran ojo, abandonó por un instante la cautela,
y la oscuridad robó la luz de su cielo con una triquiñuela.
Su pálido amigo desfallecía. Su luz se extinguía.

En la oscuridad absoluta, la Madre despertó con un grito.
El tenebroso vacío se había propagado por el espacio infinito.
Ella se sumó a la pugna, organizó con rapidez la defensa,
y a su amigo liberó de aquella sombra tétrica y densa.
Pero a su hijo perdió de vista. La noche borró toda pista.

Pero las inhóspitas tinieblas ansiaban su vivo y radiante calor.
La Madre firme se mantuvo en su defensa y resistió con vigor.
El torbellino tiró con violencia, negándose a soltar a su presa,
y Ella luchó de tú a tú contra la oscuridad arremolinada y aviesa.
De las tinieblas se protegió. Pero su hijo otra vez se alejó.

Cuando la Madre combatía al torbellino y al caos hacía huir,
la luz de su hijo con intensidad veía nuevamente refulgir.
Cuando Ella flaqueaba, el inhóspito vacío volvía a la carga,
y la oscuridad retornaba al final de una jornada ardua y larga.
De su hijo sentía el calor. Más aún no había vencedor.

En el corazón de la Madre anidaba una inmensa pena,
su hijo y Ella por siempre separados, esa era la condena.
Suspiraba por el niño que en otro tiempo fuera su centro,
y una vez más recurrió a la fuerza vital que llevaba dentro.
No podía darse por vencida. Su hijo era su vida.

Partió en dos las rocas con atronador rugido,
y en sus profundidades, en el lugar más escondido,
nuevamente se abrió la honda y gran cicatriz,
y los Hijos de la Tierra surgieron de su matriz.
La Madre sufría, pero más hijos nacían.

Todos los hijos eran distintos, unos terrestres y otros voladores,
unos grandes y otros pequeños, unos reptantes y otros nadadores.
Pero cada forma era perfecta, cada espíritu acabado,
cada uno era un modelo digno de ser copiado.
La Madre era afanosa. La Tierra cada vez más populosa.

Todos, aves, peces y animales, eran su descendencia,
y esta vez la Madre nunca habría de padecer su ausencia.
Cada especie viviría cerca de su lugar originario,
y compartiría con los demás aquel vasto escenario.
Con la Madre permanecerías; de Ella no se alejarían.

Aunque eran sus hijos y la colmaban de satisfacción,
consumían la fuerza vital que hacía latir su corazón.
Pero aún le quedaba suficiente para una génesis postrera,
un hijo que supiera y recordara quién la Suma Hacedora era.
Un hijo que la respetaría y a protegerla aprendería.

La Primera Mujer nació ya totalmente desarrollada y viva,
y recibió los dones que necesitaba, esa era su prerrogativa.
La Vida era el Primer Don, y como la Madre naciente,
al despertar del gran valor de la vida era ya consciente.
La Primera en salir de la horma, las demás tendrían su forma.

Vino luego el don de la Percepción, del aprendizaje,
el deseo de saber, el don del Discernimiento, un amplio bagaje.
La Primera Mujer llevaba el conocimiento en su interior,
que la ayudaría a vivir y transmitiría a su sucesor.
Sabría la Primera Mujer cómo aprender, cómo crecer.

Con la fuerza vital casi extinta, la Madre se consumía,
transmitir el espíritu de la Vida, sólo eso pretendía.
A sus hijos confirió la facultad de crear una nueva vida,
y también la Mujer con esa posibilidad fue bendecida.
Pero la Mujer sola se sentía; a nadie tenía.

La Madre recordó la experiencia de su propia soledad,
el amor de su amigo y su caricia llena de inseguridad.
Con la última chispa que le quedaba, el parto empezó,
para compartir la vida con la Mujer, al Primer Hombre creó.
De nuevo alumbraba; otro más alentaba.

A la Mujer y el Hombre había deseado engendrar,
y el mundo entero les obsequió a modo de hogar,
tanto el mar como la tierra, toda su Creación.
Explotar los recursos con prudencia era su obligación.
De su hogar debían hacer uso, sin caer en el abuso.

A los Hijos de la Tierra la Madre concedió
los dones precisos para sobrevivir, y luego decidió
otorgarles la alegría de compartir y el don del placer,
por el cual se honra a la Madre con el goce de yacer.
Los dones aprendidos estarán cuando a la Madre honrarán.

La Madre quedó satisfecha de la pareja que había creado.
Les enseñó a amarse y respetarse en el hogar formado,
y a desear y buscar siempre su mutua compañía,
sin olvidar que el don del placer de la Madre provenía.
Antes de su último estertor, sus hijos conocían ya el amor.
Tras a los hijos su bendición dar, la Madre pudo reposar.

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