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EL VACIO Y LA ADICCIÓN


El vacío y la adicción

En este excelente artículo, Jesus Oliva Chaves, Terapeuta Gestalt y Coropral, especializado en adicciones, y colaborador del Espai Gestalt, nos habla de la necesidad de dejar de llenar vacíos adictivos, para empezar a habitar espacios

Quiero empezar con la cita de Khalil Gibran en la que plantea que “no se puede llegar al alba sino por el sendero de la noche”, y es precisamente en la noche oscura donde a menudo vislumbramos nuestra perdida de contacto con nuestro ser esencial.

Para mí fue una ruptura de pareja, ya hace años, lo que me llevó a tocar fondo, a verme en un pozo profundo en el que sentí que todo a mí alrededor se iba desmoronando. La crisis estaba llamando a mi puerta, sin saber aún que este sería uno de los momentos más importantes de mi vida.

“Lo que más atemoriza al ser humano es caer en una crisis porque pone de manifiesto todo lo que está irresuelto: la dependencia, la necesidad, la carencia… No se puede resolver nada profundo si no es a través de una crisis, pues ella misma posee los elementos de la curación.”

Cómo bien señala Guillermo Borja, me encontré con una oportunidad que tomé; abatido por mi falta de amor hacía mi mismo y con miedo a encontrarme conmigo, empezaba un viaje hacía dentro que me enseñaría cómo dejar de llenar vacíos para empezar a habitar espacios.

Poco a poco, fui comprendiendo de qué maneras me había alejado de mi mismo, cómo a través de una búsqueda externa (de amor, reconocimiento, seguridad…) me había ido desconectado de mi propio cuerpo, de mis sensaciones y necesidades.

No hace mucho, escuchando a Antonio Pacheco hablar sobre la angustia existencial, recordé el vértigo que me daba el silencio en las sesiones de terapia, lo mucho que me costaba detenerme un momento a respirar, el temor que tenía de aquello que pudiera surgir de mi interior, miedo en definitiva a sentir y al dolor. Sin duda alguna, era un completo desconocido para mí mismo.

En todo este proceso terapéutico fui conociendo al personaje que actuaba, aprendiendo a identificar las distintas máscaras con las que me desconectaba de mí ser, a comprender cómo hice para sobrevivir en el entorno donde crecí; y al mismo tiempo, a (re)conocer el vacío como un espacio de oportunidad, un lugar para la contemplación desde donde observar atentamente y tomar contacto desde un lugar más real y presente conmigo mismo.

La meditación y el trabajo con el cuerpo han sido dos llaves para hacer este contacto, para ir quitando capas de cebolla y tomar conciencia sobre mi mismo. En la práctica del no-hacer, veo muy claramente cómo mis pensamientos, cómo mis actos tratan de llenar el vacío incómodo, me distraigo para eludir la angustia, me acomodo en la rutina y me vuelvo automático. Y es mi propio testigo quién, sin pelear, me recuerda que puedo volver a la respiración, a habitar mi cuerpo, a estar presente y a crear en el ahora.

No hace falta adentrarnos en el campo de las drogodependencias para observar que la sociedad en la que vivimos, está marcada por una clara tendencia al arreglo rápido, a un modelo medico de pastilla para aliviar los síntomas, más que en un adentrarse en las raíces o en seguir ese viejo aforismo deconócete a ti mismo.

En mi experiencia profesional como educador en el campo de las drogodependencias y también como terapeuta gestáltico, pienso que el abordaje desde la terapia Gestalt invita a una mirada holística, que favorece el dejar de ver la enfermedad cómo un enemigo al que eliminar y empezar a escuchar el mensaje que nos trae.

No hace mucho, Claudio Naranjo en una de sus charlas invitaba a los asistentes a que se pusieran frente a su incomodidad, mirando de cara al sufrimiento y a la insatisfacción. Esta actitud define lo que cualquier persona con una adicción trata de evitar, que no es otra cosa que estar en contacto con su realidad. Alguien que ha optado por anestesiarse, alguien que aún no ha aprendido a gestionar sus propias emociones, que ha encontrado en la droga -o cualquier otra cosa que altere su estado anímico- un apoyo ambiental para evadirse de la responsabilidad de hacer frente a su vida. No obstante, y a pesar de que para el adicto su principal problema son las consecuencias a las que su consumo lo aboca, es algo más oculto lo que necesita ser sacado a la luz.

Precisamente es el dolor que subyace de una herida que se ha ido anestesiado ya desde una temprana edad y unas necesidades que compulsivamente se tratan de compensar por otros medios; lo que en realidad necesita ser atendido y traído a la conciencia de la persona.

Cada nueva situación dolorosa o amenazante conlleva una reacción compensatoria, una continua repetición que aleja a la persona del contacto real consigo misma y la vuelve extremadamente dependiente a esa sustancia, persona, objeto…

Dicha estrategia, placentera en un primer momento, se volverá un callejón sin salida, no solo por hacerse tolerante al consumo y por las consecuencias de evadir su realidad -que además le traerán consigo un deterioro evidente en todos los ámbitos-; sino por negar el dolor original causante y raíz de toda esta situación. La persona que ha desarrollado una adicción se vuelve esclava de este comportamiento y fóbica a resolver este dolor afrontándolo.

A menudo no es hasta que la persona toca fondo, viéndose impotente y derrotado en esta huida hacia delante, que se abre la posibilidad de un proceso de recuperación. Solo cuando el adicto reconoce su condición puede empezar a mirarla de frente, aunque lo que esté por delante sea un camino largo y arduo hasta volver a (re)encontrarse consigo mismo.

La abstinencia, no solo en el sentido estricto sino en el más amplio, relacionada con un replanteamiento del estilo de vida de la persona, conlleva salir de lo ya conocido –la compensación- y adentrarse en un mundo desconocido, un mundo que requiere dejar de llenar, dejar de evadirse y en donde necesita aprender a afrontar ese vacío. Solo a través de este circuito logrará (re)conectar con su necesidad interna.

El estilo de vida que propone la sociedad del consumismo, la distracción y la velocidad no ayuda en este viaje interno. Sin tan siquiera tiempo para digerir las experiencias que vivimos, son en gran medida estímulos secundarios los que comúnmente nos confunden acerca de nuestras necesidades más esenciales. En ellos, encontramos un alivio rápido y momentáneo, y que con el tiempo irán dejando paso a una frustración e insatisfacción existencial por no cubrir lo que en realidad estamos necesitando.

De nuevo nos encontramos frente al vacío, delante de la oportunidad de parar y de mirar hacia dentro. En un impasse en donde a uno ya no le sirve apoyarse en los viejos recursos pero aún no se ha consolidado el auténtico autoapoyo. Cómo si estuviéramos en el ojo del huracán, Fritz Perls plantea esta situación cómo un momento crucial del proceso terapéutico, a partir del cual, es necesaria una buena dosis de valentía, voluntad y fe para no regresar a viejos patrones y continuar este viaje hacia uno mismo.

Es extensa la gama de obstáculos que surgen al adentrarse, pero en muchos momentos es el miedo y la falta de confianza en nosotros los que nos harán escapar de este lugar, repitiendo la misma solución infructuosa. La resistencia al cambio hará su acto de presencia. Y con ella, surgirán las dudas, la evitación y la espera de un mejor momento para dar el paso. Precisamente esta es la trampa que nos mantiene en el status quo, por lo tanto, la propuesta va a ser avanzar aún teniendo miedo, a pesar de la niebla y de la confusión, entrar en este lugar desconocido para percatarse que no es sino una mera ilusión la incapacidad de transitar este lugar. El mismo Perls habla de que sufrir la propia muerte y renacer no es fácil; y Ouspensky nos recuerda que el hombre puede nacer pero para nacer primero debe morir.

A esto nos enfrentamos, a apoyarnos sobre nuestros propios pies y dejar de creer que no tenemos los recursos propios para contactar con nuestro ser más esencial. Abrir los brazos y acoger al dolor, a la insatisfacción y a la incomodidad como si fueran nuestros hijos, y empezar a darnos este apoyo que tanto necesitamos. Sin ninguna duda, acompañar en este viaje de muerte – renacimiento es para mí uno de los mayores privilegios que tiene este oficio, el de terapeuta.

Fuente: Spaigestalt





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